Su nacimiento
fue un regalo inesperado que unió más a su familia.
El benjamín de los Hernández había nacido 13 años después
de su última hermana.
Marco, como le llaman en su casa, era alguien que todos
en su familia amaban y disfrutaban. “Todos queríamos
cargarlo y cambiarle los pañales.
"Era nuestro bebé", recuerda su
hermana Hyda Hernández, ya casada y con cinco hijos.
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| Robert, considerado por
su padre como una persona "fuera de este mundo",
en una pose característica. (Album familiar) |
Y quizás por el hecho de haberse criado entre adultos,
desde niño siempre jugó a ser mayor. Celando a sus hermanas
de los novios, vistiéndose de oficial del ejército con
el uniforme de su hermano mayor, defendiendo a los más
indefensos y exigiendo respeto especialmente si se trataba
de que alguien le subestimara por su pequeña estatura
(apenas 5’2”).
Así básicamente resume la familia
Hernández la infancia de su pequeño gran hijo Robert
Marcus Rodríguez (utilizaba el apellido de su madre),
que no llegó a pasar de los 21 años de edad al convertirse
en el primer soldado puertorriqueño y neoyorquino caído
en Irak el 25 de marzo del 2003.
La silla que ocupaba en la mesa
del comedor en su casa de Maspeth, Queens, donde se
crió, aún está vacía, a pesar que ya van dos años que
Marco no regresa a casa. Pero eso no le importa a su
familia que lo recuerda a diario y, en ocasiones especiales,
cenan su platillo favorito, “corned beef” con guineítos
y sirven una porción en su honor que colocan sobre su
puesto.
Marco siempre fue travieso y
revoltoso. De esos niños que le sacan una sonrisa hasta
a los más serios con sus ocurrencias. “Se pasaba molestándome.
Me metía los dedos en los oídos todo el rato. Todavía
siento que a veces algo me toca en la oreja y se que
está aquí conmigo”, dice su madre que, al juzgar por
las fotos de años anteriores donde aparece sonriente
junto a su hijo, ha demacrado con la angustia.
Marco quería crecer para hacer
sentir a su madre orgullosa y decía que su propósito
era convertirla en una reina, que ella estuviera económicamente
segura.
El sargento de la Marina creció
para ser un hombre de palabra que hasta después de la
muerte cumplió. Su familia lo vio evolucionar de niño
a hombre delante de sus ojos y cuando decidió enlistarse
en la Marina de Guerra a los 17 años, asimismo asumió
su cargo con mucha responsabilidad con el propósito
de defender a su país. Antes de que lo trasladaran a
Twentynine Palms en California, en la Primera División
de la Marina, el sargento le indicó a su madre que pondría
todos los seguros de vida bajo su nombre para que así,
de surgir lo peor, su muerte no fuese en vano. Y como
dijo, hizo.
“Ella (Amarilis) era una reina
para él. Era la mujer más bella y la que él más quería”,
dice su padre Clemente Hernández, un hombre humilde
nativo de Caguas.
De hecho, entre sus muchos tatuajes
Marco tenía uno en el pecho que era una flor de amarilis
en honor a su madre. También tenía tatuado la bandera
de Puerto Rico para honrar su herencia boricua y escenas
de soldados levantando la bandera en Iwo Jima, durante
la Segunda Guerra Mundial y de bomberos haciendo lo
propio en la zona cero en Nueva York.
Una vez en Irak, Marco se esmeraba
en llamar o comunicarse por computadora con su familia
para que ellos supieran lo que hacía y que estaba bien.
Sus 17 sobrinos y sobrinas eran
gran parte de su vida y sobre ellos ejercía los valores
que los suyos le habían inculcado y a la vez les enseñaba
lo que a él más le gustaba: los deportes.
“Boxeaba con ellos, peleaban
karate. Siempre sacaba tiempo para compartir con los
sobrinos. Él los quería mucho y ellos también lo querían
a él”, afirma Hyda.
El hijo mayor de Hyda, Christopher
de 11 años de edad, es uno de los miembros de la familia
que más le extraña y aún se pregunta por qué su tío,
al que más apegado estaba, ya nunca más volverá a verle.
Eso es algo que le duele mucho
a Hyda que cuenta que sus hijos y sobrinos ahora se
perderán de todo lo que los cuatro hermanos aprendieron
de Marco, un adolescente que a menudo se metía en pleitos
ajenos para defender a los que estaban siendo injustamente
abusados.
“Nosotros siempre le aconsejábamos
que no se metiera en peleas, pero a él no le importaba
y si íbamos caminando por la calle y veía a algún niño
que otros le estaban dando él ahí se metía a defenderlo.
El odiaba las injusticias y la falta de respeto”, narra
su hermana.
Su padre dice que su hijo fue
una persona “fuera de este mundo”, con un corazón grande
para dar sin recibir a cambio y por eso él cree que
“Dios lo llamó porque Marco era muy bueno para estar
en la tierra”.
Uno de sus mejores amigos de
infancia era Alex un joven con problemas de aprendizaje
del que toda la pandilla del barrio se mofaba. Todos
menos Marco que lo tomó bajo su ala y siempre veló por
él y nunca desistió de su amistad, ni siquiera cuando
su destino le llevó lejos de Nueva York.
La muerte de Marco unió aún más
a su familia y agrandó la fe que éstos guardan en Dios.
Casi todos los días su madre acude a la iglesia para
encontrar fortaleza para seguir adelante y su hermana
enseña la doctrina los domingos.
“Me preguntaba mucho por qué
esto le tuvo que pasar a Marco, con tantos bandidos
que hay por ahí sin hacer nada. Hay algunas cosas que
uno no entiende. Estoy aceptando la voluntad de Dios,
pero no estoy todavía resignada”, confiesa la madre.
Poco a poco, esta familia sigue
adelante rehaciendo su vida.
La habitación del joven fue vaciada
aunque sus cosas más preciadas, como su colección de
Beanie Babies y carritos ‘Hot Wheels’ están guardados
en cajas en el sótano de la residencia.
Las fotos que guarda la familia
del pequeño Marco dan vida a su historia, un joven siempre
sonriente que presumía de molleros, de sobrinos y por
supuesto de “su reina” Amarilis.
Hay una foto en particular que
la familia guarda con celo y al igual que el nacimiento
del sargento, llegó a ellos sorpresivamente luego de
que oficiales de la Marina la encontraran en una cámara
que se hundió en el río Eufrates junto al tanque Abrams
M1A1 donde viajaba Marco. En ella aparece el militar
junto a sus compañeros Francisco Martínez Flores, Donald
May Jr, y Patrick O’Day frente al blindado posando con
seriedad mientras mostraba su arma de combate.
Los cuatro marinos fallecieron
ahogados dentro del tanque que apodaron Hermes y que
cayó desde un puente boca abajo en el río durante una
tormenta de arena en el desierto. |