Como
buen mexicano, Fernando Méndez Aceves estaba orgulloso
de su casta. Por eso, aunque consideraba a Puerto Rico
como “su hogar fuera de su hogar”, el día que se graduó
de la Caribbean School en Ponce se vistió de charro.
No era para menos, asegura su madre Sandra Aceves. Fernando,
como sus tres hermanos y su madre, son orgullosos descendientes
de indios zapotecas y vienen de una longeva familia
con un honorable historial militar que se remonta a
la lucha mexicana contra la ocupación francesa.
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| El soldado Fernando Méndez
Aceves vestido de charro el día de su graduación
del Caribbean School de Ponce. Arriba, Méndez, a
la derecha, junto a un compañero en Irak. (Album
familiar) |
Su tatarabuelo, el general Rodrigo Zuriaga, fue abatido
en combate mientras defendía la ciudad de Monterrey en
lo que se considera como la última batalla derivada de
la Revolución. Y en vez de nanas, Fernando, quien nació
en ciudad México en 1977, fue arrullado por su tatarabuela,
la matriarca de la familia, con canciones militares.
Por eso a nadie le sorprendió
que su hermano mayor, Enrique, se enlistara en la Fuerza
Aérea, y un año más tarde, a los 21 años, Fernando hiciera
lo propio en Ponce, pero en la Marina de Guerra para
perseguir una carrera como médico de combate.
"Yo lo fomenté (el respeto por
la milicia), yo los apoyé", asevera Sandra mientras
reitera que si tuviera que hacerlo nuevamente lo haría,
aun cuando lleva en su traje la pequeña estrella dorada
otorgada a las madres que han dado un hijo en batalla.
Desde pequeño Fernando demostró
habilidad para desarrollar tácticas de ataque. Sandra
recuerda que inicialmente la familia pensaba que Fernandito,
como le decían, era "flojo" porque rehusaba dejar su
andador a pesar de que tenía más de un año de edad.
Lo cierto es que utilizaba el aparato para hacer tropezar
a sus dos hermanos mayores y quitarles los juguetes.
"Así les daba a los dos. No es que fuera vago, es que
utilizaba el andador para aventajar a un oponente más
grande y fuerte", asegura Sandra mientras se ríe del
recuerdo de esa travesura. "No le tenía miedo a nada".
La nana de Fernando fue quizás
una de las primeras en reconocer el coraje del chico,
cuando sentenció, tras observar una de esas escaramuzas,
que "este Fernandito hace las cosas con valor".
A los 6 años, Fernando y sus
dos hermanos mayores dejaron a México cuando su madre
contrajo segundas nupcias con un estadounidense que
trabajaba en investigación y desarrollo y cuyo empleo
con empresas multinacionales lo llevaba a diferentes
rincones del orbe.
Así la familia llegó a Ghana
en África Occidental y conoció de primera mano la cultura
musulmana. Fernando tenía 10 años cuando arribó a Tailandia.
"Fueron años muy difíciles. Era un trabajo continuo
tratar de que los muchachos no perdieran de perspectiva
quiénes eran: mexicanos e hispanos, con una cultura
diferente", afirma Sandra.
Estando en Asia arribó Kenneth,
el benjamín de la familia, y la vida de Fernando se
transformó. Celosamente ayudaba a cuidar al bebé ya
que Sandra había contraído malaria. Ese apego no cambió
en la adultez. Los dos hermanos eran inseparables y
Fernando cuidaba de Kenneth como lo hizo desde el primer
día.
Así de querendón como era con
su hermano lo era con su madre y su abuela, y le importaba
un bledo de que lo tildaran de "mama's boy" cuando lo
veían abrazándolas o besándolas en público.
En 1995, la familia se trasladó
a La Rambla, Ponce. Allí Fernando, quien además de hablar
español, inglés y francés, completó la secundaria, añadió
salsa a su repertorio de rancheras, hizo su primer año
universitario en la Interamericana de Ponce, e hizo
su ingreso en las fuerzas navales.
"Quería ser 'Navy Seal' pero,
imagínate, el pobrecito, viniendo de Ponce desarrolló
hipotermia", narra Sandra.
Eso no lo desalentó. Tenía intenciones
de volver a tratar suerte con el grupo elite. Mientras
esperaba, fue asignado al hospital naval de San Diego,
donde recibió el apodo de "Doc Méndez". Rentó un pequeño
apartamento y trajo a su madre, que para entonces se
había divorciado, y a Kenneth a vivir con él.
Las tareas de Fernando en el
hospital incluían preparar a los soldados para ir a
combate. Dado los valores con los que fue criado, se
ofreció de voluntario para no abandonarlos. Después
de todo, había sido adiestrado como médico de combate.
"¿Cómo iba a mandarlos (a combate)
si no iba con ellos a ayudarlos? Él siempre cuidó a
otros y esta vez no iba a ser diferente", asegura Sandra.
"Si alguien sabía a lo que iba, ese era Fernando".
En la foto que le tomó Kenneth
cuando Fernando partió para Irak, el marino mira intensamente
a su tropa. "Mira esa mirada. Está preocupado. Él sabe
que va a ir con ellos hasta el final", afirma Sandra
mientras apunta a la foto que forma parte de un altar
en la sala del hogar, en el que arde perpetuamente una
vela, rodeada de innumerables recuerdos de Fernando,
incluyendo una botella sin abrir de Corona, su cerveza
favorita, una botellita de mezcal, y cartas de amigos
que nunca llegó a abrir, entre otros.
Cuando el convoy de la compañía
Eco fue emboscado en Irak el 6 de abril de 2004, Fernando
fue visto arrastrando a heridos a lugar seguro antes
de que su vida se apagara. La noche antes, el joven
marino había soñado con su bisabuelo y había interpretado
la aparición como una señal de protección. Para Sandra
fue una señal inequívoca de que vino a buscarlo.
"Fernando vivió y murió con mucha
honra. En mis noches negras, me pregunto si hay tal
cosa como criar a un hijo demasiado bien", dice Sandra
con voz queda y aguantando el llanto que se quiere derramar
a borbotones de sus grandes ojos. "Entonces sale el
sol y me acuerdo que mi hijo eligió lo que quería… no
era un bebé y yo lo apoyé en todo… No es fácil. Bien
sabe Dios que no es fácil, pero yo no voy a dejar de
apoyar a mi hijo porque se haya ido. No puedo debilitar
su espíritu ni su alma". |