Es fácil
distinguir a José Antonio Rivera Serrano entre las decenas
de caras del grupo de infanteros fotografiado antes
de partir hacia Irak. Es el de la sonrisa grande.
Esa sonrisa amplia y espontánea fue lo que atrajo a
Bárbara Sanfiorenzo el primer día que lo vio en 1997
en una de las estaciones de gasolina que su papá administraba
en Mayagüez.
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| José A. Rivera Serrano cuando
niño jugando con sus mascotas. Arriba, un compañero
del infantero Serrano lo despide simbólicamente
en Irak. (Album familiar) |
"El era muy alegre, le buscaba la diversión a todo.
No hay ninguna foto en que él no se ría. En las fotos
que sacan a la compañía, donde se supone que los soldados
estén serios, el único que se reía era él. Lo regañaban,
pero cuando decían 'foto', rápido se estaba riendo. Es
el único que sale riéndose en esa foto, el único", expresa
la joven desde Texas, donde reside.
Sin embargo, esa alegría nunca
se interpuso con sus responsabilidades, resalta Sanfiorenzo,
quien describe a su esposo como una persona organizada
y detallista.
"No le gustaban las cosas regadas.
Era bien limpio, bien místico, como se dice. Tenía manía
por cosas que uno ni se esperaba. Por ejemplo, no le
gustaba que apretaran la pasta por la parte de arriba.
Era bien disciplinado para sus cosas", explica. Antes
de ser trasladado a Irak a principios del 2004, Rivera
le manifestó a su esposa su interés en hacer una carrera
militar no como infantero, el rango que tenía, sino
como mecánico de los camiones militares porque quería
comprar una casa antes de cumplir los 30 años.
Sin embargo, eso no pudo ser.
Rivera, quien pertenecía a la Compañía B del Segundo
Batallón de la Quinta División de Infantería, con sede
en Fort Hood, Texas, falleció a los 26 años, el 27 de
diciembre de 2004, cuando el vehículo militar en que
viajaba en Bagdad fue alcanzado por un artefacto explosivo.
Además de su esposa, el joven
soldado tenía cuatro hijos entre los tres y siete años
de edad, dos con Sanfiorenzo y dos de un matrimonio
anterior.
Esa alegría que llamó la atención
de Sanfiorenzo es lo más que extrañan los parientes
que Rivera dejó en Mayagüez, su pueblo natal.
Su hermano, Santos Rivera Serrano,
dice que Tony, como lo llamaban en el barrio Miradero
donde se criaron, era el chistoso de la familia.
"El que traía la alegría a la
casa era él", expresa sollozando Santos, de 27 años
y quien lleva colgado del cuello la identificación militar
de su hermano.
"Nosotros nos pasábamos pescando
en el río y sacábamos camarones grandes. El era el bravo.
Yo no me atrevía meter las manos en las cuevas y él
sí. A pesar de que yo era el mayor, él siempre quería
superarse más que yo", recuerda.
Su madre, Mirta Serrano, también
describe a Rivera como el más atrevido de sus cinco
hijos, el que "se trepaba hasta en las palmas y no le
tenía miedo a nada".
El padre, Santos Rivera Santo,
dice que sus dos hijos eran bien unidos y siempre "estaban
pegados como el chicle". Los dos siguieron su consejo
de estudiar en la escuela superior vocacional, donde
tomaron un curso de refrigeración, aunque a Rivera no
le gustó.
"De muchacho hacía sus travesuras,
pero le gustaba estudiar, nunca tuve quejas de los maestros
o los vecinos. Siempre estaba jugando baloncesto", recuerda.
Rivera también practicó karate,
era aficionado a los juegos de vídeo y le encantaba
bailar, según sus hermanas, Aida Luz, de 22 años, y
Juana, de 20.
"Me enseñó a correr bicicleta
y a bailar. Bailaba salsa, merengue, rap, de todo. Le
gustaba mucho y siempre iba a las fiestas. Sabía tocar
flauta y tocaba La Borinqueña y En mi Viejo San Juan",
relata Juana.
El mejor amigo de Rivera, José
David Cruz Figueroa, cuenta que se conocieron mientras
estudiaban programación de computadoras en el Instituto
de Banca en Mayagüez. "Era bien chavón. Era de la personas
que si le molestaba algo te lo decía, no era hipócrita.
Si alguien necesitaba ayuda, nunca decía que no. Siempre
se preocupaba por uno como si uno fuera familia de él.
Una de las cosas por las que se fue para el Ejército
fue por la situación económica. Queríamos poner un negocio
pequeño de ropa de 'surfing' y dijo que iba a economizar.
Hablamos de eso en varias ocasiones", afirmó Cruz, quien
en honor a su amigo, se tatuó el antebrazo derecho con
las palabras 'In Memory of José Rivera, 1978-2004'.
Rivera también generó lealtad
y cariño entre sus compañeros soldados, según Santos,
su hermano.
"Ellos me dicen que cualquiera
de ellos estaba dispuesto a dar la vida por él. Me dicen
que él siempre estuvo dispuesto a darlo todo por ellos,
siempre estuvo como al mando del grupo. Podía venir
el sargento mayor y si veía que estaban abusando de
algún soldado, él se metía", indica.
A pesar de su compromiso con
la milicia, expresaba en sus cartas su deseo de salir
de Irak pronto. "Espero que Dios los bendiga, que todo
salga bien y que pueda regresar pronto. Dale saludos
a todos, los quiero mucho", escribió el joven soldado
en la última carta enviada a su hermano.
El consuelo de la familia es
que Rivera murió defendiendo la democracia. "El dio
la vida por mi país como un héroe", afirma su hermano
"como el mejor (de los héroes)".
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