Si algo
le encantaba hacer en la vida era jugar sus guerras
de agua con sus cinco hermanos. Como era el hijo regalón
de la familia Negrón, todo se lo consentían. Así que
entre batalla y batalla de chorros de agua, Tito "entripaba"
a todo el mundo.
Pero en la guerra de verdad, en Irak, donde los chorros
de agua pasaron a ser balas, Tito se convirtió en el
soldado Julio Enrique Negrón, un especialista en artillería,
que manejaba como nadie la ametralladora. “El estaba
predestinado a ser militar. Nació un 4 de julio del
1976, en la celebración del bicentenario de la Independencia
de Estados Unidos”, cuenta su hermana Nancy Torres,
desde su residencia en Orlando.
 |
| En primer plano, Juliana
Negrón, quien sostiene una foto de su esposo Julio
Negrón. Le acompañan sus cuñadas Nancy Torres y
Marilyn Estrada. (AP) Arriba, Julio E. Negrón, especialista
en artillería, quien murió tres meses después de
volver al campo de batalla. (Album familiar) |
Nancy toma entre sus manos una fotografía vieja y arrugada,
y la abraza contra su pecho. "Míralo", dice con voz entrecortada.
"Aquí está Tito, a los diez años, con su pelo rizado,
sin camisa, y con las botas y la gorra del ROTC de mis
hermanas. Parecía un soldadito". Julio Enrique fue el
sexto hijo de José y Teresa Negrón, naturales de San Germán.
Ya habían nacido José, Nancy, Diana, Marilyn y Edward,
quien tenía 10 años, cuando Julio Enrique hizo su entrada
al mundo en un hospital en Mayagüez. "Fue como un regalo
de Dios. Para ese entonces, Mami y Papi tenían muchas
peleas, y Tito trajo alegría y paz a la casa", asegura
Nancy.
Sobre todo, creció teniendo,
además de sus padres, cinco papás y mamás postizas.
"Más que hermano, era como un hijo para nosotros".
Julio Enrique creció adorando
los animales. Siempre andaba con su perrito chihuahua,
además era el que madrugaba y le daba comida al perico,
al gato, a los pollitos y a los peces.
También le apasionaba dibujar,
y aunque vivió parte de su vida fuera de Puerto Rico,
entre Nueva York y Maryland a donde sus padres emigraron,
en sus dibujos no faltaban las palmeras boricuas.
Pero aunque le gustaban los animales
y pudo ser veterinario, y adoraba dibujar, y pudo ser
un arquitecto, Tito prefirió la carrera militar como
sus otros hermanos. "En nuestra familia el que no sigue
una carrera, se mete al Ejército", explica José, el
hermano mayor y ex militar, quien sirvió en la Guerra
de Kuwait en el 1990.
Así, después de graduarse de
cuarto año y después de pensarlo poco tiempo, Julio
Enrique se enlistó en el Ejército en abril de 1997.
"Siempre estaba presumiendo de su uniforme", dice Nancy.
Cuando la Guerra estalló en Irak,
Julio Enrique partió a esa parte del mundo junto a su
unidad en agosto del 2003. A la guerra se fueron con
él las fotos de sus 14 sobrinos, de sus cinco hermanos,
de sus padres, la bandera de Puerto Rico, y la voz de
Daddy Yankee, el rey del reggaetón. "A él le fascinaba
el reggaetón, y también la bachata", resalta su hermana.
"En Irak odió el calor", asegura
por su parte José. También le molestaba que los iraquíes
no entendieran por qué los norteamericanos estaban allí.
"Me decía que él los trataba de ayudar, y que algunos
se echaban a correr y otros, hasta le escupían en la
cara".
Pero eso no lo detenía para reunir
a los niños iraquíes dondequiera que iba para regalarles
dulces. "Conociendo a Tito, que se quitaba la comida
de la boca para dárselo al prójimo, sé que todo lo que
me pedía, chicles, galletas, chocolates, mentas era
para ellos, para los nenes iraquíes".
Cuando regresó de su primera
misión de combate, Julio Enrique habló de lo que vio.
"Me dijo que había mucha pobreza, mucho dolor y muertes",
señala Nancy.
"Cuando volvió quería retirarse
del Ejército... Tito pensaba hacerse policía y vivir
aquí conmigo en Broward (al norte de Miami)", cuenta
José.
Pero de la noche a la mañana,
Julio Enrique cambió de opinión y se ofreció de voluntario
para cumplir una segunda misión. Antes de irse, en noviembre
de 2004, se casó con su novia Juliana. Porque Julio
Enrique, que acababa de cumplir 28 años, volvió a Irak,
con la certeza de que sobreviviría a la guerra, y que
regresaría a culminar sus sueños. "El se fue para defender
a sus compañeros... no quería que ninguno muriera...
Y fue él quien murió...", agrega José entristecido.
Y no fue una bala la que lo mató,
Tito murió tres meses después de volver al campo de
batalla cuando el vehículo militar en donde viajaba
chocó y se viró en Bayji, Irak, matándolo al instante.
"Fue un accidente. Pero yo no
le echo la culpa a la guerra, porque él estaba muy orgulloso
de ser americano y de servir a su patria".
Su entierro, en Fort Lauderdale,
en el condado de Broward, fue como él quería: sin flores,
sin llanto, sólo con música y sonrisas. "Murió haciendo
lo que el amaba tanto hacer", afirma Nancy en un suspiro.
Y se fue a hacer su guerra de
agua allá en el cielo. |