En las
guerras -leí hace poco, ya no recuerdo dónde-, lo primero
que muere es la verdad, luego las víctimas, y finalmente
el recuerdo. Me atrevería a precisar que, más que el
recuerdo, lo que muere es la memoria; esas rotundas,
necesarias razones a las que se aferran los pueblos
al principio: ¿por qué marchan los soldados?
¿En nombre de qué ideal se arriesgan? ¿Abrazando cuál
bandera mueren? Y no me refiero a la bandera de un país
u otro, eso es lo simple. Me refiero a la bandera de
las ideas, la de la entrega, la de la vida que se extingue,
y que es un hecho irreversible.
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| Irma Lopez, madre del fenecido
soldado Melvin Mora, ve los dibujos que hacía su
hijo. Arriba, una foto del soldado Richard Orengo,
quien falleció en Irak, el 26 de junio de 2003.
(Lino M. Prieto) |
Ahora se sabe que no existían las armas. La razón por
la que reventó este infierno, se fue diluyendo en los
amaneceres de Bagdad, esos que vimos repetirse en los
noticiarios de las grandes cadenas; las cámaras permanecían
estáticas frente a los edificios, mientras pasaban los
pájaros y las bombas, las bombas y los pájaros, así caímos
en una suerte de hipnosis -algunos, en una especie de
hastío- hasta que vimos rodar la estatua de Hussein.
Nos olvidamos de que todo había
empezado por unas armas que, según admiten los propios
jefes militares, no existieron nunca. Y tal parece que
a nadie le importe. O mejor dicho: a nadie le importa.
Ése es el peor artilugio bélico, el arma más temible
en cualquier circunstancia, mucho más que las ojivas
nucleares o químicas: la indiferencia de los ciudadanos,
y la sospecha de que poco a poco se han ido esfumando
los principios.
El mundo es más seguro hoy que
cuando Irak era gobernado por Saddam Hussein, ya lo
creo que sí, es más seguro porque nos quitamos los zapatos
en los aeropuertos. También les toman fotografías y
les cogen huellas a los extranjeros; a veces los detienen
un rato y los acribillan a preguntas, sobre todo si
provienen de determinados países, o si tienen la mala
fortuna de llevar extraños apellidos. Es una seguridad
artificial, basada en el blindaje, no en la convicción;
pegada con alfileres, no articulada por la sensatez.
Los defensores del neoconservadurismo
sostienen que la seguridad colectiva es un espejismo,
y que la única alternativa a la unilateralidad es el
caos. En otras palabras: o ellos, o la hecatombe. O
la guerra, o el descalabro bíblico. En algunos medios
-y pienso, por ejemplo, en el Weekly Standard- sólo
se habla de hegemonía, de conquistas militares, de la
fuerza democratizadora de los cañones. Michael Ledeen,
el ideólogo que parece salido de uno de los carros de
Mad Max, lo ha dicho claro, alto y estentóreo: "El mejor
programa democrático jamás inventado es el Ejército
de Estados Unidos".
Precisamente a ese "programa
democrático" pertenecen los caídos. Los soldados norteamericanos,
sí, pero también los de aquí, los hombres y mujeres
que hoy nos ocupan y que forman ese entramado crucial:
32 vidas con sus 32 muertes.
No volverán a sus familias, a
sus pequeñas rutinas, a pestañear por las mañanas, a
tener domingos, a ver televisión, a comer golosinas.
Leí que uno de ellos, poco antes de morir, se despojó
de toda la inocencia y sólo codiciaba una sencilla,
indispensable gloria: sobrevivir a como diera lugar,
no tanto a las balas como a su propio desencanto. Lo
expresó magníficamente en una carta a su familia, pero
no volvió, cayó antes de poder lograrlo.
Desde que el mundo es mundo,
ha habido muchas clases de guerras: las de conquista,
las de liberación, las que se pelearon en nombre de
la fe, o en nombre de la paz, o por causa de las grandes
desigualdades del mundo. Ésta es distinta, porque se
ha convertido en un oscuro monólogo, incomprensible
para un buen número de soldados, que demuestran valor
y obedecen con el corazón en la mano; defienden lo que
les mandan a defender: un bunker, un oleoducto, un centro
de telecomunicaciones. Pero quizá secretamente se pregunten
si en ese Bagdad polvoriento, desolado, irreconocible,
cabe aún una muerte gloriosa. Apuesto a que a menudo
piensan en la muerte. Es un contrapunteo desgarrado:
la familia y la muerte; el barrio y la muerte; los amigos,
los que los esperan de este lado, y la definitiva lejanía.
Nadie, supongo que ellos tampoco, ve la luz al final
del túnel. Porque no hay luz. Hay un borboteante pozo
de petróleo que de vez en cuando arde, salta en pedazos,
arruina incluso las expectativas de los empresarios
que pensaron que la operación iba a ser un paseo.
Lo siento, pero me pregunto,
¿qué hacen aún allí? ¿Cuánto más tendrá que crecer esta
ominosa lista? 32 almas que pertenecen a donde pertenecen,
a unas Antillas que antes fueron guerreras, siempre
lo han sido, pero jamás por una causa que oliera a gasolina.
Prendo el televisor y veo al Presidente cogido de la
mano de un príncipe saudí. Pasean con los deditos entrelazados,
como dos niños amigables, sonriendo a los encantos de
la primavera. Y mientras tanto, los soldados se sofocan,
se desvanecen del cansancio, de la sed, en ocasiones
del hambre; sufren melancolía, pánico, horror de ver
las vísceras abiertas del que apenas un segundo atrás
fumaba tranquilamente a su lado. Dicen que la muerte
pone las cosas en su justa perspectiva. Las víctimas
no vuelven. El recuerdo acaso no perdure mucho. Pero
el que más y el que menos cree en la resurrección de
la verdad.
Hay que creer en eso. |